Entre los seis y los 24 meses los bebés van mostrando signos de una capacidad básica: compartir con otros la atención por un determinado objeto o situación. Esto será fundamental para el desarrollo posterior de habilidades y capacidades más complejas. Es posible ayudarlo a desarrollarla si cuando el bebé presta atención a algo, también lo hacen los adultos que están con él y expresan algo al respecto. Por ejemplo: “¿Te gusta ese perrito, eh?”, “¡Nunca habías visto la playa!”, “¿Viste qué grande es?”.
Cumplido el primer semestre, el bebé ya se sienta y eso le permite acceder mejor a los objetos. Para él, una buena manera de conocerlos y de calmar sus necesidades de exploración es llevárselos a la boca. Siempre hay que asegurarse de que estén limpios y no sean peligrosos.
A esta edad adoran las novedades, y lo bueno es que casi todos los objetos que tienen a mano son novedad para ellos. Por eso es tan importante estar atentos y no dejar a su alcance objetos potencialmente dañinos. La comida también les llama la atención, y no solo para comerla; también para tocarla y manipularla. Las relaciones con sus familiares son aún su fuente principal de placer, aprendizaje y desarrollo. Que le hablen, le canten, le muestren objetos y que lo hagan reír son sus mejores “juguetes”.
Cuando todo marcha bien, unos meses antes del año el niño ya puede darse cuenta de que los objetos existen aunque no los vea. Puede jugar a esconder y descubrir un objeto y disfrutar cuando, escondido, de todos modos sabe que allí está.

¡Empezó a extrañar!
En los primeros meses el bebé parecía muy dado; se quedaba encantado en los brazos de la mayoría de las personas y les sonreía a todos. Ya entrado en el segundo semestre, empieza a extrañar y a reclamar la presencia de sus más allegados. ¡Qué buena noticia! Esto significa que su desarrollo viene muy bien; descubrió que es algo separado de sus figuras de apego y está empezando a distinguir a los conocidos de los desconocidos. Que extrañe no significa que haya que estar con él todo el tiempo. Por el contrario, conviene que empiece a aprender a estar un poco sin la compañía de sus papás, e ir descubriendo que es más fuerte de lo que cree. Si los padres cuentan con alguien que lo cuida y atiende adecuadamente, pueden dejarlo con esa persona un rato. Aprender de a poco a estar sin sus papás ayuda a fortalecer su incipiente autonomía y a saber relacionarse con diferentes personas.
Aceptar la separación no es fácil para el bebé ni para sus padres: algunos necesitan practicar mucho antes de tolerarlo bien. Cuando son bien chiquitos, jugar al “está, no está” es una manera rudimentaria de aprender y entender que lo que no se ve, no desaparece para siempre.
De a poquito es bueno ir acostumbrándolo a que puede estar sin mamá o papá a la vista. Cuando el bebé reclame a sus padres que estén con él o lo entretengan, salvo que los necesite por su seguridad, es bueno demorar un poquito; quizás es posible hablarle desde lejos para tranquilizarlo. De esa manera, poco a poco aprenderá a estar consigo mismo y a calmarse solito.
Si el bebé es muy sensible a las caras desconocidas, hay que presentárselas de a poco. Que no lo acosen ni lo invadan, que se queden en la periferia interactuando con los conocidos hasta que el bebé se acostumbre un poco. Si es en su casa, le va a resultar más fácil.
Nunca hay que irse sin despedirse. Aunque el bebé llore, es bueno mantener su confianza en que no será engañado. Escaparse sin que se dé cuenta logra que papá o mamá se vayan sin tanta culpa, pero al pequeño le enseña a no confiar y le genera mucha inseguridad.

¿Problemas en el sueño?
El sueño no es un estado estable; a lo largo de la noche se alternan fases de mayor profundidad y de mayor actividad. Varias veces por noche es normal que el sueño se vuelva superficial y que incluso el bebé esté cerca de despertar. Si va aprendiendo de a poco a calmarse y acompañarse a sí mismo, y si está tranquilo, retomará el sueño sin problemas y sin la presencia de sus padres en ese momento.
Los llantos nocturnos no siempre significan que se haya despertado. Si los adultos prestan atención al llanto sabrán distinguir cuándo se trata de un llanto de dolor o miedo. En ese caso irán enseguida hasta la cuna. Si no se precipitan, verán que muchos de los otros llantos duran muy poco y toda la familia podrá seguir durmiendo.
Cuando el papá o la mamá van hasta el bebé, lo indicado es tranquilizarlo con la palabra, con algún masaje, sin levantarlo en brazos. Llorar un ratito no le hace mal y puede ser una buena inversión para su aprendizaje del autocontrol. La respuesta del adulto debe ser tranquilizadora sin sumarse al nerviosismo.