Los primeros meses del bebé son agotadores. La madre enfrenta una vida nueva que la colma de responsabilidades. Por eso debe reconocer y validar sus emociones e intentar satisfacer sus propios deseos y necesidades. Si está contenta, disfrutará más de su bebé y todos en la casa se benefician.
La maternidad constituye un cambio radical e implica una dosis de estrés. Habrá que adaptarse a un nuevo estilo de vida, a un desafío en el plano económico, a cambios en la relación con la pareja y otros miembros de la familia. A todo eso se sumarán noches sin dormir como antes. La clave está en comprender que si bien se trata de una tarea difícil, existen maneras de aliviarla: descansar todo lo posible, llevar una dieta balanceada, hacer ejercicio, buscar un tiempo exclusivo para sí misma, compartir las preocupaciones con otra persona, distribuir las tareas con la pareja o con quien viva, salir y no encerrarse.
Depresión posparto
La madre deprimida siente que no puede contar lo que le pasa. ¿La llegada de un hijo no supone acaso la felicidad y realización plena de toda mujer? Pues no. Después del parto, muchas mujeres se ponen hipersensibles y cualquier pequeño inconveniente con el bebé hace que sientan que el mundo se les viene encima.
Sin embargo, no hay que alarmarse por no vivir el posparto con total alegría, por padecer ansiedad e incluso angustia. El parto no es sólo un hecho físico, implica una avalancha de emociones intensas. Se necesita tiempo para adaptarse al cambio.
La mujer se siente débil y dolorida tras el esfuerzo de dar a luz. Además de fatigada, confundida y abrumada. No es de extrañar que esté incómoda. Perdió la panza linda y erguida que lucía feliz y ahora no sabe qué ponerse. El sangrado de las primeras semanas y la leche, que a menudo fluye sin que se pueda controlar, hacen que la reciente mamá se sienta extraña en un cuerpo que no reconoce. Podría incluso desconcertarse frente al bebé real y creer por eso que su amor maternal no se manifiesta a pleno. Habrá días en los que no podrá evitar deprimirse y llorar. Quizás eche de menos su trabajo y libertad. La culpa irrumpe.
Todas estas sensaciones, mezcladas y contradictorias, son normales. No existe una manera buena o mala de sentir. Es importante reconocer y aceptar las emociones y a partir de eso lograr controlar las reacciones. Es probable que la melancolía desaparezca en pocas semanas, en especial si el entorno familiar apoya y sostiene, pero si la depresión continúa es necesario consultar al médico.
Si transcurridas varias semanas persisten: mucha tristeza, desgano, desesperanza, falta de energía y significativa dificultad para encarar el cuidado y la relación con el bebé, es necesario recurrir al psiquiatra o consultar con el médico de referencia.