Al cumplir un año el niño tiene dientes y es capaz de masticar los alimentos. Su sistema digestivo y metabólico funciona con capacidad semejante a la del adulto. Si la introducción de la alimentación complementaria fue oportuna y de manera correcta, ya está preparado para integrarse a la mesa familiar.
Compartir los alimentos con los otros miembros de la familia es una forma de comunicarse, de integrarse, de dar y recibir afecto. Por eso, la alimentación es importante para satisfacer no solo las necesidades nutricionales del niño, sino también las psicoafectivas. Este es un período de aprendizaje compartido con la familia, durante el cual el niño se expresa y responde a las distintas sensaciones tales como el hambre, la saciedad y la fatiga. De este modo, se fortalecen los sentimientos de seguridad del pequeño y se reafirman las competencias de la familia en su crianza.
A su vez, este es un momento decisivo para la formación de hábitos alimentarios saludables. Quizás sea una buena oportunidad para mejorar la alimentación de la familia y para conseguir un espacio y momento para sentarse alrededor de una mesa. Habrá que ajustar las expectativas: no podrá quedarse en la mesa largo rato, seguramente ensucie y haga cosas molestas… Paciencia, irá aprendiendo de a poco. Los modales los aprenderá sobre todo al observarnos, pero el aprendizaje demora.
A menudo, los adultos cometen el error de usar la comida como premio o castigo. Por ejemplo, dicen: “Si no comés la pascualina, no tomás refresco”. En este caso, la amenaza aumenta sus ganas por tomar el refresco y refuerza su rechazo por la pascualina cada vez que se la ofrecen. Otro ejemplo: “Si comés todo el guiso te compro un alfajor”. En realidad, eso aumenta el deseo de comer el alfajor y el niño lo pondrá como condición para terminar la comida servida.
Además, hay que evitar enseñarle a calmar cualquier malestar con comida. Si llora o está aburrido, no intentar solucionarlo con una galletita o una manzana.
Después del primer año el crecimiento del niño es más lento, por lo que es probable que se observe una disminución de su apetito. Además, es natural que se distraiga y se interese por otras cosas.

Los alimentos, la consistencia y la cantidad
Conviene optar por alimentos ricos en energía: Papa, boniato, polenta, sémola, fideítos de sopa, arroz, aceite.
Leguminosas: Porotos, garbanzos o lentejas.
Verduras: Además de zapallo, calabaza, zanahoria, ya pueden agregar a la dieta espinaca, remolacha y tomate. Es importante tener en cuenta que la remolacha puede colorear de rojo las materias fecales. Siempre son preferibles las verduras de estación.
Frutas: Cualquier fruta de estación, como manzana, banana, naranja, pera, durazno, mandarina, sandía, ciruela, melón. A esta edad ya se pueden incluir frutilla y kiwi en la alimentación.
Carnes: La carne puede ser de vaca, de pollo, de cerdo, de cordero, pescado, hígado o menudos, sin grasa, bien cocida, a la plancha, hervida o a la parrilla. No es necesario elegir cortes de carne caros o especiales. Cualquier carne con poca grasa sirve.
Huevo: Agregado a las comidas o usado en las preparaciones.
Alimentos ricos en calcio: Leche fluida, leche en polvo, yogur natural, quesos frescos.
Consistencia: A partir de esta edad ya no es necesario brindar los alimentos en forma de puré. Se puede dar al niño las frutas y las verduras cortadas en trocitos pequeños, la carne cortada en trozos más grandes y no es necesario pisar los fideos. Tampoco hay por qué pasar las lentejas, los porotos y los garbanzos por un colador. Las preparaciones no deben tener mucha agua, jugo, caldo o salsa ni deslizarse en el plato.
En cuanto a la cantidad, es recomendable preparar lo que el niño habitualmente come, para que no sobre. Nunca darle lo que sobró. Usar siempre el mismo plato ayudará a reconocer la cantidad que come cada niño.
Es importante recordar que el apetito es variable. Si en una comida el niño no comió la cantidad servida, se puede reforzar otras comidas.