Hay muchas cosas que los padres quieren que sus niños hagan casi automáticamente, porque es bueno para ellos. Pero no es así como funcionan los humanos, y no siempre es fácil conseguir que los pequeños aprendan a lavarse los dientes, a juntar sus juguetes luego de utilizarlos… y tantas otras cosas.
Lo normal es que los niños hagan lo que tienen ganas de hacer en cada momento, lo que les gusta o lo que les trae una consecuencia positiva. Pasarse un cepillo por los dientes, por ejemplo, no cumple, a sus ojos, con ninguno de estos criterios. Es bueno enseñarles que hagan algo que no harían espontáneamente, y que lo hagan tantas veces como sea necesario, sin pasarla mal.

¿Cómo?
• Aprovechar el natural gusto del niño por el juego y lo novedoso, su tendencia a imitar a aquellos que le importan y su agrado por recibir halagos.
• Por ejemplo, entusiasmarlo con determinado cepillo que le guste, hacer del lavado de dientes un momento amable y compartido, y felicitarlo mucho, mucho por ser un niño de dientes ¡taaan limpios!
• Eso no asegurará que incorpore enseguida el cepillado de los dientes como un hábito cotidiano, pero creará un clima más apropiado para que eso suceda que si se rodea el momento del cepillado de enojo y malestar.
• Y el mejor estímulo para ellos es la atención. Conviene tratar de prestarles más atención a los comportamientos deseables que a los no deseables. Si cuando se lava los dientes pasa desapercibido y cuando no lo hace se le presta atención, aunque sea con rezongos, aprenderá que lo que funciona es no hacer las cosas bien.