Las rabietas son un comportamiento normal en el desarrollo. Suelen ser más frecuentes e intensas en algunos niños que en otros y empeoran con la fatiga, el apetito o cualquier tipo de malestar.
Cuando el lenguaje se amplía, si los padres hacen las cosas bien, las rabietas empiezan a disminuir, ya que poder hablarse a sí mismo le permite al niño regular sus emociones y reacciones.
La capacidad de hablar consigo mismo es un logro fundamental en el desarrollo del ser humano. El acceso a esa habilidad le permite controlar los impulsos de manera más eficiente. Es frecuente escuchar a los más chiquitos hablarse a sí mismos. Por ejemplo, pueden decirse: “No se toca”. A medida que van creciendo, esos monólogos se transforman en discursos internos, en pensamientos que controlan el comportamiento voluntariamente.

Cómo prevenirlas
• Si una situación los frustra demasiado y los desborda, lo más inteligente es evitarla hasta que logren enfrentarla de otra manera. Por ejemplo, no llevarlos al supermercado, que es un lugar donde no pueden tocar, comer ni tener todo lo que ven; no mostrarse exigentes con ellos cuando tienen sueño o es la hora de comer.
• Otras veces alcanza con darles la posibilidad de elegir algo: “¿Querés bañarte antes o después de comer?”.
• Como todavía son muy dependientes de la fuerza del estímulo, aún es posible distraerlos y cambiarles el foco de atención de lo que “no se puede” a algo que “sí se puede”.
• Antes de negarse a algo o limitarlo, será mejor que los padres piensen si es realmente necesario, porque hay asuntos que no tienen tanta importancia como para provocar un episodio de estrés. ¿Quiere comer arroz con dulce de leche?... ¿Por qué no?

Qué hacer con la rabieta
• Si no se pudo evitar la rabieta, es importante mantener la calma. ¡No ayuda responder a la rabieta del niño con una rabieta de los adultos! La reacción de los padres es una lección de cómo responder frente a un conflicto.
• Siempre que sea posible, lo mejor es ignorar la rabieta. Si los adultos están seguros de que el niño no corre peligro, deben continuar con lo que estaban haciendo, como si no pasara nada.
Si no es posible sostener esa actitud porque puede lastimarse o está en un lugar o situación inadecuados, cargarlo de manera firme pero no violenta y llevarlo a un lugar más apropiado para dejar que la rabieta se calme sola.
• Si le cuesta salir de su rabieta y los padres no saben cómo ayudarlo, pueden hacerlo diciéndole: “Te voy a ayudar a que salgas de esto”. También se lo puede hamacar, cantarle o abrazarlo para calmarlo.
• Nunca acceder a darle o hacer lo que quería, aunque sea posible o razonable. Tiene que aprender claramente que una rabieta no lo acerca a ninguna solución.
• Una vez que la rabieta pasó, conviene manifestarle la alegría de que haya recuperado el control y enseñarle cuál habría sido la mejor manera de actuar o expresar lo que sentía, estimulando el uso de palabras.