Ser tan tenaces como son a esta edad les permite seguir intentando lograr habilidades a pesar de las dificultades y de los fracasos. ¿Cómo aprenderían a caminar hábilmente si se atemorizaran con las caídas? Sin embargo, la tenacidad puede volverse incómoda cuando la aplican en su relación con los adultos. Un ejemplo: cuando se les pide que recojan sus juguetes y la respuesta es “no” y “no”.

¿Cómo lograr que lo hagan?
En lugar de enojarse y establecer una lucha de poderes, conviene usar estrategias saludables para entenderse con ellos. Una de ellas es introducirlos en el desarrollo de las habilidades de negociación, en las cuales no hay uno que gana y otro que pierde, sino un acuerdo por el cual todos quedan satisfechos. Se les puede decir: “¿Qué te parece si yo recojo un juguete y tú otro?”, en un buen clima y de manera divertida. Y no olvidarse de felicitarlos después de su trabajo y de disfrutar juntos por lo bien ordenado que quedó todo.
Otro camino de entendimiento es darles cierta experiencia de participación en las decisiones, lo que también les permite sentir que son ellos los que deciden. En lugar de pelear para que se ponga un buzo de abrigo determinado, se les puede plantear de esta manera: “Hace frío hoy, por lo que hay que abrigarse. ¿Cuál buzo querés, el rojo o el azul?”.

¡Yo solita!, ¡yo solito!
En estos años van quedando muy claras dos fuerzas que pueden parecer opuestas o contradictorias. El niño necesita a los padres cerca, reclama su presencia y sus mimos, pero a la vez disfruta mucho de su creciente autonomía.
Querer hacer las cosas por sí mismo significa que confía en sus posibilidades y que disfruta con la independencia: ¡dos excelentes noticias! Si los padres quieren que vaya creciendo con confianza en sí mismo y en su capacidad de trabajar por lo que quiere, conviene dejarlo hacer lo que sea razonable que haga por sí mismo, sin esperar perfección y valorando cada intento y esfuerzo.