La aparición de algunos miedos es absolutamente normal y forma parte de algo así como un “sistema de alarma” del organismo, que avisa cuando se presenta una sensación de peligro. Algunos bebés son por naturaleza más “miedosos” que otros. Frente a un estímulo novedoso se retraen para observar de lejos y eventualmente familiarizarse con él. Otros chiquitos de la misma edad, frente a una novedad van hacia ella, atraídos por lo desconocido.
Lo que les da miedo va cambiando con la edad. Cuando son bebés se asustan con los movimientos o sonidos bruscos, más adelante temen a los desconocidos, a la oscuridad, a la soledad.

¿Cómo ayudarlos?
Lo primero que necesitan cuando están asustados es comprensión, protección y respeto. Un abrazo y palabras tranquilizadoras les irán permitiendo recobrarse de lo que los asustó. Una vez calmados, los padres podrán, con mucha delicadeza, demostrarles que no hay peligro en lo que los asustó. No hay abracadabra que funcione siempre. Si en las variadas ocasiones en que algo les da miedo pueden enfrentarlo y conseguir calmarse, irán adquiriendo la capacidad de librarse de los temores.
No los ayuda evitar el contacto con lo que los asusta, siempre y cuando no se trate de un peligro real. Sí los ayudará poder superar el miedo, de a poquito y con paciencia de parte de los adultos. No hay que enojarse o ponerles la etiqueta de “miedoso” o “cobarde”. Jamás asustarlos en vano, ni por diversión ni para conseguir que hagan algo.

Las pesadillas y los terrores nocturnos
Algunas veces, sobre todo después de un día estresante, el miedo invade los sueños y aparecen las pesadillas, los terrores nocturnos y, en ocasiones, pesadillas y terrores al mismo tiempo. Las pesadillas son sueños que asustan y que eventualmente pueden despertarlos. Los terrores nocturnos son episodios muy preocupantes para los adultos, con poco significado para los niños. En mitad de la noche el pequeño se incorpora gritando, aparentemente asustado, sin despertarse aunque tenga los ojos abiertos. En algunos momentos se calma y sigue durmiendo, sin recordar nada al otro día.
Una vez más, la presencia serena y las palabras tranquilizadoras le devolverán la calma. Ayudarlo a encontrar sosiego con recursos que él mismo pueda poner en práctica es muy bueno. Cuando el niño enfrenta alguna dificultad, lo que más conviene es ofrecerle soluciones que lo ayuden a ganar autonomía. Si únicamente aprende a tranquilizarse con la compañía paterna, aumentará su dependencia y eso no lo beneficia. Que pueda tener consigo su objeto acompañante, que escuche música, que se cante una canción que le gusta son recursos que contribuyen a que el niño atraviese mejor ese momento de angustia.
Bajo ningún concepto hay que llevarlo a la cama paterna para calmarlo. Lo que puede parecer una solución a corto plazo, a la larga tiene altos costos. Además de ser una perturbación para el sueño de todos y para la intimidad de los adultos, le hace perder al niño la confianza en su propia capacidad para superar las dificultades.