El desarrollo del lenguaje y su habilidad para comunicarse continúan en plena expansión. Es frecuente que los niños preescolares (entre los dos y los cuatro años) pasen por algún período de “tartamudez”. Pensar, hablar y comunicar todo lo que quieren no son al principio tareas fáciles de organizar, y eso puede favorecer una tartamudez transitoria. Si estas vicisitudes del lenguaje son bien manejadas por el entorno, seguramente el problema se superará sin dejar rastros.
La tartamudez es una alteración en la fluidez de las palabras. En ocasiones se manifiesta por un bloqueo, como una tranca que cuesta destrabar para seguir adelante, mientras que otras tartamudeces se caracterizan por la repetición de sílabas o palabras.
La tartamudez puede acentuarse en momentos de excitación, o de duda sobre cómo expresar algo, ya sea en frases largas o complejas, o cuando el niño busca la palabra precisa o está muy exigido a comunicar algo.
Esto que le pasa al niño no le genera preocupación ni respuesta emocional significativa. Es bueno tener presente que el 85 % de los preescolares que tartamudea deja de hacerlo para siempre luego de un breve período. Saber que es muy probable que al pequeño se le vaya el tartamudeo ayuda a los adultos a disminuir los nervios, factor imprescindible para no reaccionar en exceso.

¿Cómo ayudarlo?
• Prestándole atención cuando el niño hable y dándole el tiempo que necesite.
Escuchando lo que dice, no cómo lo dice.
• Dándole el tiempo necesario, sin apurarlo, sin completar las palabras ni las frases antes que él, ni hacerle repetir lo que no dijo correctamente.
• Sin presionarlo para que hable cuando está llorando, muy molesto o ansioso.
• Sin ponerlo “en exhibición” frente a terceros para que demuestre lo que ha aprendido a decir.
• Hablándole clara y pausadamente.
• Sin darle consejos de qué hacer cuando tartamudea. Decirle “respirá hondo” o “hablá más lento” solo puede servir para aumentarle la ansiedad y empeorar la situación. La mejor ayuda es el modelo que le dan los adultos al hablar pausada y tranquilamente.
• El día que está “muy trancado”, promover actividades que no impliquen de manera protagónica el lenguaje (deportes, actividades musicales, de pintura, etc.).
• Si, por el contrario, está en un “buen día”, ofrecerle oportunidades atractivas en las que haya que hablar (títeres, juegos interactivos, conversaciones estimulantes, etc.).
• No burlarse nunca, ni permitir que nadie lo haga.