La puesta de límites es la gran herramienta de crianza que impacta sobre la fortaleza emocional de los niños. Poner límites es enseñarles qué es lo que está bien y qué es lo que está mal, y permitirles desarrollar la capacidad de ajustarse inteligentemente a las normas. Los límites hacen que los chicos se sientan más seguros, cuidados y valorados.
Al poner límites, los papás y las mamás dan una estructura comprensible que permite a los niños entender lo que pasa a su alrededor. Les aportan guía y orientación para la vida, porque les señalan el camino que consideran más conveniente para ellos.

La puesta de límites saludable tiene varios objetivos:
• Que comprendan el sentido de las reglas y aprendan a respetarlas porque las entienden y no por miedo u obediencia ciega.
• Que desarrollen la capacidad de controlar sus impulsos.
• Que desarrollen empatía.
• Que empiecen a aprender a tomar decisiones y a responsabilizarse de los resultados.
• Que aprendan a pensar, desarrollar y madurar su conciencia sobre lo que está bien y lo que está mal.
• Que se logre un buen clima de convivencia disfrutable también para ellos.

Las reglas y sus características
Para que funcionen, las reglas deben tener algunas características:
• Deben ser el resultado de una decisión pensada, no de una improvisación ni de un impulso.
• Deben responder a razones que hay que transmitir, porque esos son los criterios que los padres quieren que perduren en la cabeza del niño.
• Deben proponer desafíos que puedan cumplirse con algo de esfuerzo.
• Deben ser explicadas de manera clara, simple, breve y convincente.

Las reglas solo sirven si…
• Son positivas para su desarrollo y sensatas para sus posibilidades.
• Los padres son persistentes y se aseguran de que se cumplan.
• El niño entiende cuáles son las consecuencias de cumplir y de transgredir.

Al pedir determinado comportamiento no se debe:
• Gritar ni amenazar.
• Ponerle etiquetas al niño. “Sos un desordenado” resulta menos efectivo que señalarle “Tus juguetes están desordenados”.
• Decir vaguedades tales como “Portate como una niña de cuatro años”.
• Pedir conductas intermedias del tipo: “Tratá de no ensuciar el sillón”.
• Hacer preguntas de las que no esperamos respuestas, como “¿Cuántas veces te tengo que decir que…?”.
• Creer que se portan mal a propósito, cuando en realidad ¡son niños chicos!, que recién están aprendiendo.

El gran secreto
Si lo que hacen los niños les trae, desde su perspectiva, una consecuencia positiva, probablemente seguirán haciéndolo. Y si lo que hacen les trae una consecuencia negativa, también desde su perspectiva, probablemente no lo hagan con tanta frecuencia. La atención que recibe el chico por lo que hace es una consecuencia tan poderosa que funciona cuando se les presta una atención tanto positiva como negativa.
Por ejemplo: La mamá está hablando por teléfono. Su pequeña hija grita o hace algo para demandar que la atienda. Si la mamá corta la conversación, la niña logró su objetivo: que la atiendan. No le importa que la rezonguen. Si la mamá sigue hablando, le enseñará que ese recurso es inadecuado y no funciona. Si la hija permanece razonablemente tranquila, será muy bueno felicitarla, darle un gran abrazo y, si es posible, jugar un ratito con ella.
¡Los niños normales “se portan mal”! Un preescolar sano explora el mundo, y por eso hace cosas inadecuadas. Trabaja por su identidad y autonomía y así se opone a los pedidos de los padres. Todavía no entiende los motivos adultos y, aunque los comprenda, prefiere hacer lo que más le gusta antes que lo que se debe… Y todo eso es ¡normal!