A estas edades ya queda más claro lo que les gusta a los niños y lo que no. Esto da la oportunidad de estimular sus inclinaciones naturales, ya sea por la música, la actividad física, los juegos de armar, que puedan despertar otras preferencias que aún no descubrieron.
Es bueno que los niños tengan actividades variadas que involucren diferentes habilidades: artísticas, motrices, intelectuales y la imaginación.
Como están en una etapa de fuerte identificación y exploración del mundo adulto, suelen disfrutar al imitarlo: hacen que se afeitan, que cocinan o que van a trabajar. También disfrutan de “transformarse” en otro. Los disfraces les fascinan y pueden sentir que son Batman solo por ponerse una toalla como capa.
Leerles cuentos o inventarlos para ellos, tener siempre disponibles crayones y papel, acompañarlos con música, favorece muchos aspectos de su desarrollo y les revela fuentes de placer que les serán provechosas para toda la vida. Los juguetes frágiles, con muchas piezas o muy caros no son una buena opción a esta edad, en la que tienen una imperfecta capacidad para manipularlos con cuidado y gran afán exploratorio.
Los juguetes violentos pueden colaborar a que perciban la violencia como algo banal o a que pierdan sensibilidad frente a ella. Que no se les regalen metralletas o granadas no quiere decir que tengan prohibido jugar a la guerra o a matarse, pero lo harán según su propia necesidad y sin recibir un confuso mensaje del mundo adulto.
Los juegos tecnológicos pueden ser un divertido y formativo complemento si son de buena calidad y con contenidos apropiados, y si no sustituyen los juegos con otros niños, al movimiento físico ni al despliegue imaginativo.
El exceso de juguetes y actividades, lejos de estimular, debilita la creatividad, la motivación y la capacidad de disfrute. El uso del tiempo libre sin planes prefijados los enfrenta a desarrollar algo muy importante para su vida: la capacidad de entretenerse solos.