A estas edades, sobre todo si se trata de un hijo único, creativo y de rica imaginación, puede inventar algún personaje que funciona como amigo imaginario. Estos “amigos” son muy útiles: sirven para acompañar, para echarles las culpas de todo lo malo, para que se animen o lo puedan todo y también para descargar emociones pesadas.
Los preescolares hablan de sus amigos imaginarios como si existieran de verdad y muchas veces les ponen nombre. Una vez más, la buena respuesta de los adultos implicará respeto y sentido común. No es bueno para el niño ni la burla ni negar la existencia de ese amigo, pero tampoco se debe aceptar como válido el hecho de que fue ese amigo quien rompió el florero o escribió en la pared.
El amigo imaginario irá desapareciendo a medida que el niño crezca y su mundo se pueble de amigos de carne y hueso.