Los adultos saben que algunas discusiones son normales, esperables, y que muchas veces permiten fortalecer el vínculo existente entre ellos. Sin embargo, cuando la discusión se da entre los padres, para el hijo que la presencia puede significar dolor, estrés y preocupación extrema.
El niño necesita sentir que sus padres son una unidad fuerte para cuidarlo, protegerlo y acompañarlo en la vida. La amenaza de perder esa protección le genera mucha angustia. Esto vale tanto para el papá y la mamá que viven juntos como para los padres separados.
Si además es una discusión que implica cualquier forma de violencia (emocional, verbal o física), las consecuencias para el estado anímico y la seguridad del niño se multiplican. También aprenderá que la violencia “es buena” para enfrentar diferencias y conflictos.
Si los hijos son muy pequeños, presenciar una discusión será una pésima experiencia. Aunque solo perciban el tono de las voces, sentirán miedo e inseguridad ante episodios que no están prontos para comprender. Si ya son más grandes y pueden entender la situación del conflicto, es fundamental que su presencia obligue a los padres a mantener la calma y se convierta en un cambio de ideas respetuoso, como demostración de que ambos son capaces de escucharse y de llegar a algún acuerdo.
Es perjudicial discutir frente a los hijos temas relacionados con la intimidad de la pareja: se trata de protegerlos de información que no están en condiciones de afrontar. Tampoco es conveniente tener frente a los niños discusiones en relación con el estilo de crianza o disciplina, y mucho menos que papá o mamá se desautoricen uno al otro ante sus ojos. Es importante no discutir cuando se ha consumido alcohol u otras sustancias que alteran el control de uno mismo y las posibilidades de intercambio de opiniones.
Cuando los padres son una pareja que se quiere, puede ser positivo terminar la discusión con una demostración de cariño. A los hijos debe quedarles claro que enojarse o pensar diferente no significa dejar de quererse. Si no hay amor entre los padres, habrá que aferrarse al respeto y la consideración que el otro merece por ser el padre o la madre del hijo compartido, y terminar la discusión con un acuerdo o con un “lo seguiremos pensando” que le demuestre al niño que sus padres seguirán buscando la mejor manera de entenderse en esa tarea tan importante que es criarlo.