En algún momento de su infancia, unos cuantos niños experimentan la separación de sus padres. Que en la actualidad la separación de las parejas se vea como algo “normal”, “que suele ocurrir”, no significa que no sea uno de los hechos vitales que pueden causar más estrés en la vida de los niños.
El mejor ecosistema para el desarrollo de los niños sigue siendo el de la familia de padre y madre, cuando es armónica y estable. Cuando ello no es así y los padres deciden separarse, también es posible encontrar nuevos ecosistemas saludables en los cuales criar hijos sanos y felices aunque cambie la configuración familiar. Para lograrlo es necesario recorrer un camino que necesita tiempo, elaboración, madurez y compromiso de los adultos.

¿La separación es la culpable?
Cuando un niño tiene a sus padres separados no es raro que quienes lo rodean adjudiquen cualquier dificultad en su comportamiento a la separación de sus padres. Sin embargo, muchas de las consecuencias emocionales negativas que popularmente se le atribuyen a la separación o al divorcio, en realidad, tienen su origen en los tiempos de discordia o de infelicidad previos a la separación.
Los diversos sufrimientos de los niños están relacionados con el pésimo clima familiar que han vivido, más que con la decisión de sus padres de poner fin a una convivencia infeliz y conflictiva. El verdadero daño se produce cuando los padres se pelean, se agreden, se humillan, se engañan, se ignoran, se subestiman y se tratan con desamor.

Daños que se pueden evitar
En cualquier separación hay una cuota de dolor que es inevitable. Los niños quieren y necesitan a ambos padres y se sentirán dichosos de verlos felices juntos. Confrontar la realidad de que ello no es posible genera un dolor inevitable, pero no necesariamente un daño, si es que los padres saben conducir el proceso de manera saludable.
Los adultos deben ser muy conscientes de que, si bien es posible romper un vínculo de pareja, cuando se tienen hijos se generó un compromiso compartido de crianza y responsabilidad que no se puede disolver.
Es imprescindible que logren diferenciar estos dos aspectos para que los conflictos de la pareja no se mezclen con el ejercicio de las funciones como madre y padre. Una vez resuelta la separación, deberían dejarse de lado los rencores y reproches para darle prioridad al derecho de los hijos a seguir contando con ambos padres.

¿Cómo explicarles?
Para los padres, enfrentar a sus hijos con una información que saben que los hará sufrir no es nada fácil, y menos aun cuando están pasando un momento personal tan complicado. En este caso, como en tantos otros, los padres y las madres descubren que es posible dejar de lado momentáneamente el duelo personal para hacerse cargo del dolor de sus hijos.
Lo mejor es darles la información de la separación en algún momento en que tengan tiempo para estar con ellos, para estar disponibles si los necesitan. Es ideal que ambos padres le den juntos al niño la noticia de la separación, en un clima de serenidad, aunque estén tristes o enojados. Al mismo tiempo le manifestarán la seguridad de que los dos seguirán estando allí para cuidarlo y protegerlo.
Lo que se le diga al hijo dependerá de la edad y de su capacidad de comprensión. Es importante que se transmita la información principal con claridad. Por ejemplo: “Vamos a vivir en casas separadas, no seremos más pareja (“novios” para los más chiquitos), pero seguiremos siendo mamá y papá para siempre”. También es bueno decirles que se trata de una decisión de ambos padres, que ha sido muy pensada y que, aunque los hijos hoy no la entiendan, es lo que creen más conveniente.
En el caso de que la decisión de separarse fuera de uno solo de los padres, no conviene explicarlo. A los niños no los favorece conocer detalles internos de la pareja de sus padres ni rotularlos como culpable y víctima. Siempre es necesario aclarar que los motivos de la decisión son propios de la pareja, de los adultos, y que los hijos no han influido para nada en ella.
A los niños los tranquiliza, sin duda, que les den algunos detalles concretos de cómo será la dinámica a partir de ese momento. Explicarles dónde y con quién vivirán ellos, dónde vivirá el otro padre, cómo se comunicarán y cómo se organizarán para verse.
Las reacciones inmediatas de los chicos son muy variables. Algunos demoran en entender lo que realmente significa una separación. Otros hasta pueden sentirse aliviados si vivían en un clima muy tenso. Muchos manifestarán su tristeza, su enojo y se resistirán a aceptar algo que no quieren. Sea cual sea la reacción, conviene darles la oportunidad de expresarla y de hacer todas las preguntas que se les vayan ocurriendo.

¿Y después?
Es vital que los niños sientan que sus padres están disponibles y que se puede hablar de la nueva realidad familiar. Sin embargo, lo que de verdad pesa es la práctica. Serán los hechos sostenidos en el tiempo los que determinarán que los hijos crezcan sanos y fuertes o que queden malheridos por el conflicto de sus padres.
Es primordial respetar el derecho del niño a entablar una relación de amor y respeto con sus dos padres, libremente, sin tensiones, sin culpas ni conflictos de lealtad, y a disfrutar plenamente de ese vínculo. A veces el conflicto de pareja genera emociones muy fuertes, que no son fáciles de controlar. Sin embargo, resulta imprescindible no caer en la tentación de utilizar al niño para “vengarse” del otro o para hacerlo sufrir.
Los padres separados deben seguir cumpliendo plenamente su rol a pesar de la separación. Eso implica pasar con el hijo el tiempo suficiente que les permita compartir momentos significativos de la vida cotidiana y continuar poniendo límites, ofreciendo guía y orientación.
La capacidad de los padres de demostrar que pueden seguir adelante con sus vidas es fundamental para el desarrollo favorable de los niños, aun en una situación de estrés como lo es la separación. El ejemplo positivo de papá y mamá contribuirá a que logren, a pesar de todo, mantener expectativas realistas de lo que es la vida en pareja o en familia.
La existencia de una red de apoyo familiar y social disponible y confiable es de gran valor en esta situación. Se necesitan abuelos que no tomen partido, sino que cuiden, protejan y den esos buenos consejos que solo puede dar quien ha vivido más. Se necesitan tíos y amigos cercanos que puedan estar ahí para acompañar, escuchar y aportar fuerzas para seguir construyendo. Estas actitudes son las que pueden enseñar a los niños lo que no puede ningún discurso, por bonito que sea: que el mundo no se termina con una crisis familiar, y que, pase lo que pase, pueden confiar en que tienen quien los quiera, quien los cuide y quien los acompañe.